La acción ha recorrido las calles del centro de Barcelona, desde Plaza Cataluña hasta la Plaza de Sant Felip Neri, siguiendo el espíritu crítico con la política autoritaria del gobierno ruso que ha hecho famoso al grupo. En la actualidad, tres de sus componentes cumplen condena en prisión por protestar contra el apoyo de la iglesia ortodoxa al gobierno de Putin.

Natallia Garustovich e Imanol Tolaretxipi, fundadores de la compañía Teatro Ruso-Barcelonés, son los responsables de la performance, con la que han querido expresar la dificultad de luchar por los derechos humanos en el contexto actual, mientras critican el papel que el estado y la iglesia representan. Así, estos dos últimos son representados como “una atmosfera de maldad y falsos sentimientos religiosos, mezclados con el poder del estado”, que los participantes, vestidos como los Pussy Riot, intentan limpiar sin éxito. Absorbidos por las corrientes de poder y por el alinamiento homogeneizador de la sociedad, los activistas sucumben a una danza impersonal y una desaparición bajo una tela blanca, símbolo de los esfuerzos que se difuminan. A pesar de todo, la esperanza resurge con el llamado “baile de la libertad”, que ponía punto y final al evento performativo. No es la primera vez que este grupo se adentra en la crítica social. Después de algunos espectáculos basados en obras de Chejov y Alexander Pushkin, su repertorio se completa con una performance teatral contra la pena de muerte en Bielorrusia. Como aquella, esta acción pretendía ser un acto de reivindicación de la libertad y en contra de la opresión que se ejerce desde cualquier forma de poder, político, religioso o económico.

Esta línea crítica se prolongará durante el Festival con la proyección de películas de diversos formatos y temáticas tanto nacionales como internacionales, pero todas ellas con un denominador común: la denuncia a las vulneraciones de los derechos humanos y la defensa de una sociedad más justa.